La autoestima en la relación de pareja

La autoestima en la relación de pareja

La autoestima en la relación de pareja

Cómo la autoestima puede afectar a la relación de pareja.

Ser yo mismo/a con mi pareja.

Y permaneced juntos…pero no demasiado juntos.
Porque los pilares sostienen el templo pero están separados.
Y ni el roble crece bajo la sombra del ciprés ni el ciprés bajo la del roble.
Extracto del poema La pareja de Khalil Gibran.
Autoestima y relación de pareja

¿Qué tipo de relación sentimental te mereces?

Mantener una relación de pareja, más allá del amor que nos une a la persona elegida, supone encontrar un equilibrio afectivo y emocional que favorezca un crecimiento mutuo. Sin embargo, aunque pretendamos ser felices con la persona elegida, este equilibrio, propio a cada pareja, a menudo genera sufrimiento. A veces nos sentimos atrapados en lo que creemos que debemos hacer para mantener la relación, hasta perder de vista lo que somos realmente. “No me reconozco, no soy yo”.

¿Es cierto que debemos renunciar a lo que somos para mantener una relación de pareja? ¿Cómo encontrar el justo equilibrio entre pensar en el otro y pensar en uno mismo/a? ¿Entre “aceptar cambiar” para acoplarse al otro y “preservar” lo que somos?

Víctima, salvador, persecutor: ¿Cuál es tu rol con tu pareja?

La autoestima refleja la percepción que tenemos de nuestro propio valor. Cuando tenemos una autoestima baja, solemos buscar, sin ser consciente de ello, respuestas a nuestras propias necesidades a través de las personas que nos rodean y de nuestra pareja. Entrar en una relación sentimental desde esta perspectiva nos lleva a entrar en juegos psicológicos que perjudican a la relación. Stephen B. Karpman, psicólogo norteamericano, ha formalizado un modelo de detección y análisis de estos juegos llamado el “triángulo dramático”. Es un concepto simple y potente que nos permite a explorar las dinámicas destructivas de la relación de pareja.

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Los 3 roles del triángulo dramático

Este juego implica 3 roles que se adoptan de forma inconsciente. El rol de persecutor, de salvador y de víctima (no nos referimos aquí a las víctimas de accidentes o agresiones).

• El persecutor necesita dominar para construir y reforzar su autoestima. Es él quien define las reglas, toma las decisiones, dirige y corrige a los demás cuando se saltan las reglas. No perdona los errores y no duda en desvalorizar al otro, humillarle, manipularle y culparle para preservar sus intereses propios.

• El salvador fundamenta su autoestima en la ayuda que aporta a los demás. Es altruista, generoso, sin embargo está convencido de que ayudar, proteger, aconsejar al otro es su deber, aunque nadie le haya pedido ayuda. Para responder a su necesidad, mantiene al otro en una posición infantil y débil que le impide actuar solo.

• La víctima es el rol más frecuente, anclado en un sistema educativo que fomenta la obediencia. Tiene una autoestima baja, se siente culpable, triste y espera del otro que se haga cargo de él/ella. Sufre las circunstancias y personas negativas y tiene la sensación de que no tiene ningún control sobre lo que le ocurre; se queja y provoca a veces su propia humillación o indefensión para alimentar sus quejas.

¿Cómo entramos en el juego?

Podemos entrar en la relación de pareja desde la necesidad de compensar lo que le falta al otro. Por ejemplo; el otro tiene heridas de su pasado y le voy a aportar todo el amor que necesita para ayudarle a ser feliz. Considero al otro como víctima y adopto el rol del salvador. Creo, de forma errónea, que el amor depende de lo que hago para el otro sin darme cuenta de que le mantengo así en un rol de víctima. Si un día el otro rechaza mi ayuda, me siento defraudado y puedo entrar en el rol de víctima(me estás abandonando); o de persecutor (con todo lo que he hecho por ti, eres un egoísta).

Al revés, podemos entrar en la relación desde la necesidad de que el otro nos ayude a curar nuestras heridas y nos aporte todo lo que nos falta. Adopto el rol relacional de víctima y posiciono al otro en el rol del salvador. Entrego la responsabilidad, aunque no le pertenezca, de hacerme feliz y cuando no responde a mis expectativas, puedo convertirme en persecutor (es tu culpa si no consigo sentirme mejor, no me entiendes); o en salvador (te voy a ayudar a cambiar para que puedas ayudarme).

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Todos perdemos en este juego

Cada vez que entramos en este juego, provocado por un cambio rápido e imprevisto de rol de los participantes, se activan sentimientos que parasitan la relación (frustración, rabia, soledad, disgusto, incomprensión) que refuerzan las creencias en las que se fundamentan.

No hay un rol peor o mejor que el otro, pero todos son un serio obstáculo al desarrollo de una relación satisfactoria que favorezca el crecimiento mutuo. Básicamente, todos ellos radican en la necesidad de detener el poder, que proviene de nuestros propios miedos y de la falta de confianza. Aprendizajes de la infancia, se activan cada vez que se abre una herida propia. El niño/a que tiene miedo a no poder hacer las cosas solo y necesita el apoyo de los demás; el niño/a que tiene miedo al rechazo y que quiere satisfacer a todo precio a sus papas, el niño/a que tiene miedo a no tener su sitio y lo busca por la fuerza.

Aprende a ser tu mismo/a con tu pareja.

Me gustaría volver a hacer hincapié en el hecho de que entramos en estos roles y juegos de forma inconsciente. No se trata de juzgarse por actuar de una forma u otra, seguramente estaremos haciendo, igual que nuestra pareja, lo mejor que podamos hacer. Y así, hasta entender qué está pasando en la relación.

Lo más importante para salir de estos juegos que perjudican tanto a la relación como al propio desarrollo emocional de cada uno es ser consciente de su propia responsabilidad en esta dinámica y elegir hacerse cargo de uno mismo/a.

Desarrolla tu asertividad

Pedir claramente lo que uno necesita; decir NO a lo que no quiere hacer; hablar con la pareja para evaluar de qué manera
se pueden cambiar las situaciones que le generan malestar y, en caso de conflicto, buscar un pacto mutuo para mejorar la relación.

De esta manera, el persecutor encontrará una forma de invertir su energía en satisfacer sus necesidades y hacer respetar sus derechos en lugar de castigar o perseguir a los demás. El salvador aprenderá a preguntar claramente a la otra persona si necesita su ayuda y más, a asumir el hecho de no ayudar al otro cuando no le apetece. La víctima encontrará una forma de enfrentarse a sus miedos a no estar a la altura, a decepcionar o al rechazo y saldrá de la frustración y la rabia que le ocasionan la supuesta obligación de complacer al otro.

Escucha con empatía

Escuchar al otro cuando se enfrenta a dificultades sin darle consejos, sin juzgar ni interpretar lo que dice. Poder expresar sus sentimientos a alguien que escucha con aceptación, a veces, es suficiente para salir del conflicto o para sentirse acompañado y comprendido.

El perseguidor entenderá que el otro no le está restando su territorio cuando el pide algo. El salvador aprenderá a respetar la capacidad de su pareja a resolver por sí misma sus dificultades. Y la víctima dejará de interpretar lo que dice o hace el otro desde el prisma de sus propias inseguridades.

Hazte cargo de ti mismo/a

Aprender a mostrar su vulnerabilidad, haciéndose responsables de solucionar sus problemas desde una postura adulta.

El perseguidor aprenderá a confiar en los demás y en su legitimidad a ocupar su sitio sin necesidad de protegerse detrás de la agresividad. El salvador podrá empezar a dedicarse tiempo sin cargarse de la responsabilidad de todos que le rodean. Y la víctima aprenderá a renunciar a las quejas y a buscar ayuda para resolver sus problemas: desde la autoayuda a través de libros o cursos de desarrollo personal a la ayuda profesional de un especialista.

Entonces, ¿Qué tipo de relación sentimental te mereces?

Cambiar nuestros hábitos de comportamiento es una elección personal. Cuando uno entiende su propio papel en los disfuncionamientos de la pareja y decide aprender a curar sus heridas por si mismo, lo hace para sentirse mejor a nivel personal y en la relación. Sin embargo, no se puede pedir al otro un cambio que no siente la necesidad de iniciar. Puede ser que romper la dinámica de estos juegos mejore la relación de pareja (o no). En ese último caso, cada uno es libre de elegir lo que se merece.

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La baja autoestima es como conducir por la vida con el freno de mano puesto.
M. Maltz
Vivimos de acuerdo a una cultura en la que resulta cada vez más importante adaptarnos y responder al estereotipo de individuo que cumple con las expectativas del entorno, aunque esto implique renunciar en todo o en parte a nuestra esencia.
autoestima el arte de amarse

¿Qué nos empuja a atender a todos los juicios y a todas las críticas sin importar de quiénes vienen?

¿Qué nos motiva a compararnos todo el tiempo con los demás de un modo peyorativo o soberbio? ¿Qué es esa necesidad de ser aceptado/a siempre por todas las personas y en todos los ámbitos?

Cabría suponer que todo ese “sacrificio” personal para ser reconocido, amado y admirado por la sociedad del consumo y de la exigencia nos convierte como por arte de magia en personas felices. No obstante, y paradójicamente, cumplir sin chistar con las expectativas ajenas renunciando, adaptando, o acotando nuestro potencial únicamente a ello, suele generar frustración, angustia, tristeza y sabor a nada.

¿Y si los demás no esperan nada de nosotros? ¿Y si desde pequeños nuestro mundo cree que somos incapaces de conseguir algo?

Es probable que, aunque triste, terminemos actuando en consecuencia; vale decir, que nos acostumbremos al no aplauso y a no destacar, pues al final, nadie espera nada grandioso de nuestra parte y nosotros nos hemos convencido que tampoco nos corresponde.

Vivimos y creamos nuestra realidad según lo que creemos de nosotros mismos.

Ahora bien, para reencontrarnos con nuestro verdadero yo, con nuestro verdadero potencial y reconectarnos con nuestras verdaderas pasiones, son necesarios algunos pasos fundamentales, entre ellos

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1. Darnos cuenta. Hacer consciente lo inconsciente.

Todos tenemos una imagen mental (distorsionada o no) de quiénes somos, qué aspecto tenemos, en qué somos buenos y cuáles son nuestros puntos débiles. Ese concepto de nosotros mismos es algo aprendido a lo largo de nuestra vida, mediante la valoración que hacemos de nuestro comportamiento y de la asimilación e interiorización de la opinión de los demás respecto a nosotros.

Pero claro, todo ello ocurre de manera inconsciente, sin que nosotros podamos llevar un registro de eso. Así es que a lo largo de nuestra vida, cada pequeña vivencia se va alojando en nuestra mente y va automatizando nuestros comportamientos y acciones. Es a lo que habitualmente llamamos “vivir en piloto automático”. Tenemos una o varias máscaras detrás de las que nos protegemos; máscaras que al llevar tanto tiempo con nosotros y al activarse y repetirse de forma tan natural (inconsciente), las hemos incorporado como ciertas, como parte de nuestra personalidad. Sin embargo, nada más lejos de nuestra identidad.

2. Dejar de etiquetar y de etiquetarnos

Esa idea que tenemos de nosotros mismos y de los demás. Afirmaciones tales como “Soy tímido/a” “Soy brutalmente sincero/a” “Tengo miedo a los cambios” “Nunca podré lograrlo” “Esto no es para mi” y un sinfín de etcéteras, hacen que poco a poco se vayan incorporando a nuestra manera de ser y a la óptica con la que juzgamos a los demás y viceversa.

Estas etiquetas, lo único que hacen es trabajar en el arte del refuerzo. Pensemos que si cada día nos convencemos sobre que algo es imposible para nosotros, seguramente terminará siendo imposible, porque nuestra mente ya no trabajará a nuestro favor para ayudarnos a superar los obstáculos, sino por el contrario, nos inundará de excusas para darle soporte a ese -no logro-, a ese -no puedo-, o a ese -no es para mi-.

3. Confiar en lo que somos

Dejar de condicionarnos según la percepción de nuestra experiencia. Esto quiere decir que sentimos, pensamos y actuamos según lo que creemos, según lo que percibimos que ocurre.

Por ejemplo, si alguien está a punto de entrar a una entrevista de trabajo y observa como los entrevistadores sonríen al verle, podría condicionarse según lo que percibe que ocurre: si se trata de personas seguras, seguramente asociarán esta situación a un gesto de cordialidad; si en cambio son personas con falta de confianza en sí mismas, tomarán esa misma actitud como burlesca.

Ahora bien, entendiendo que uno actúa según lo que piensa y siente, ¿cómo crees que condicionarán esas apreciaciones a unos y a otros mientras se desarrolla la entrevista?

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Quererte, valorarte y animarte a brillar

Puede que no nos gusten cosas de nosotros; es posible que a muchos nos gustaría tener una personalidad más carismática, un status social más relevante o una estabilidad financiera más cómoda que nos permita proyectar más, pero esta forma de plantearnos las cosas sólo nos hace centrarnos en nuestros NO y en nuestras disconformidades, sustentadas en la más arbitraria percepción (propia y ajena) que hemos ido creando a lo largo de nuestras vidas.

Cuando entendamos por fin que la autoestima es la que nos impulsa a actuar, a seguir adelante y la que nos motiva para perseguir nuestros objetivos, entonces estaremos preparados para conectarnos con nuestra identidad, con potencial para crear nuevas y mejores oportunidades, y nuevas y más saludables relaciones.

Todo ello, a partir de:

  • Clarificar lo que quieres.
  • Descubrir quién eres, más allá de lo que crees.
  • Revisar tus creencias.
  • Tomar conciencia de las máscaras que has creado y que ocultan tu identidad.
  • Maximizar tu potencial y capacidades personales.
  • Eliminar esa obsesiva necesidad por la aprobación ajena.
  • Elevar tu autoestima, repararla o construirla.

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Un dato curioso: «Nos pasamos más de dos tercios de nuestra vida trabajando.»

Dato que invita a una reflexión.
¿Por qué no convertir este tiempo, en lo más ameno posible, o, cuanto menos, no «padecerlo»?
En nuestras manos esta poder conseguirlo.

El trabajo es un espacio de socialización, crecimiento, y desarrollo personal y profesional; además, es el medio que nos permite acceder a una calidad de vida digna.

Baja autoestima
Sin embargo, en muchas ocasiones comenzamos a experimentar sensaciones negativas y nos introducimos en una dinámica poco constructiva, con un auténtico bombardeo de preguntas que nos sumergen más y más en esta dinámica.

¿No estoy a la altura de lo que se espera de mí?

  • Emerge la sensación de que un error puede dejarte fuera de la empresa.
  • Comenzamos a compararnos con los demás y menospreciamos sin darnos cuenta nuestro trabajo y esfuerzo.
  • Y siempre te parece que podrías haberlo hecho mejor.

¿Nunca te has preguntado de dónde proviene tanta inseguridad, tanta falta de confianza en ti y en lo que haces?

Tranquilo, no te sientas un bicho raro, estas sensaciones son más comunes de lo que nos pensamos y las experimentan un gran numero de personas a lo largo de su vida laboral.

Muchos entienden que la solución para revertir esas situaciones adversas podría ser cambiar de empresa, cambiar de puesto (y por ende, de compañeros), o, lo más terrible, congelar las expectativas de desarrollo y conformarse con “lo que hay”.

Claro que esto es una opción, pero lo verdaderamente cierto es que aun cambiando de trabajo, de empresa, de profesión, de compañeros, de jefes o de país, la sensación de las personas que parece disiparse al principio, vuelve cual boomerang y mucho antes de lo que las expectativas estimaban.

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¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué parecemos ”imanes” y atraemos siempre lo mismo?

Hablemos de autoestima. Hablemos de bienestar.

La autoestima es un recurso orientado al bienestar y no está relacionada necesariamente con la falta de capacidad, de habilidades, de destrezas o de conocimientos.

Es el resultado de comparar lo que cada uno “cree que es”, con lo que cada uno “cree que debería ser”, o con lo que creemos que los demás creen que “deberíamos ser”.

Todo eso, lo que parece un trabalenguas, no es más que una fantasía, una imagen irreal que nos hemos formado de nosotros mismos a lo largo de nuestra vida y a partir de las expectativas de otras personas: padres, educadores, amigos, jefes, compañeros de trabajo, etc.

Esta imagen distorsionada e irreal hace que actuemos desde una total falta de autoconfianza.

Si hemos entendido finalmente que la autoestima es la que nos impulsa a actuar, a seguir adelante y la que nos motiva para perseguir nuestros objetivos, entonces estaremos preparados para conectarnos con nuestra identidad, para aceptarnos únicos y con potencial para crear nuevas y mejores oportunidades, y nuevas y más saludables relaciones en el trabajo (y en la vida).

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